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martes, 12 de septiembre de 2017

Deja que me equivoque



Mientras estaba de vacaciones en Asturias escribí en Instagram este pequeño texto:

Quiero correr muy rápido aunque me caiga y me raspe las rodillas.
Quiero saltar las olas aunque el agua este fría y pueda constiparme.
Quiero trepar a los árboles aunque en el intento me clave alguna astilla.
Quiero jugar entre la hierba aunque me pique algún bicho.
Quiero mirar al cielo estrellado y pedir un deseo a una estrella fugaz aunque luego no se cumpla.
Quiero comer helado aunque me duela la tripa o me manche mi vestido nuevo.
Quiero saltar charcos y bailar bajo la lluvia aunque acabe empapada.
Quiero tener mil aventuras que contar, porque aunque el camino esté lleno de peligros, el no vivirlas me dejaría sin diversión.

Esto no lo escribí pensando en mí, sino en mi niña pequeña, y es que a ningún padre le gusta que su hijo se caiga, se lastime, se ponga enfermo o simplemente se raspe las rodillas pero creo que es necesario “soltar un poco de cordel”

No podemos tener a nuestros niños aislados del mundo por miedo a que se hagan daño porque no sólo les estaremos trasladando un miedo atroz a todo lo que les rodea, una paranoia, sino también les estaremos privando de vivir. Les estaremos quitando la experiencia de la vida, el equivocarse y rectificarse, la emoción de las aventuras… nos cansamos de gritar a los cuatro vientos que se aprende más experimentando pero luego no dejamos que lo hagan y todo por el miedo.

No quiero que el miedo me paralice, ni a mí ni a los míos. No se trata de ser un padre inconsciente y dejar que jueguen al filo de una ventana de un tercer piso, no me refiero a eso, se trata de permitirles la opción de caerse para levantarse, de mancharse o mojarse sin miedo a reproches, de jugar y de vivir.


Tenemos que aprender a soltar un poco de cuerda…

miércoles, 8 de marzo de 2017

La vida sin un diente de leche


Ya sabéis, por redes sociales, que Irene ha perdido un paleto de leche con apenas dos años y díez meses.

No quería dejar de plasmar, en este mi diario particular, un hecho tan significativo e importante por si alguien tiene que pasar por la misma situación.

En año y medio Irene sufrió varias caídas y golpes en la encía, los primeros no afectaron a los dientes (aunque uno fue bastante aparatoso), pero el último (un cabezazo de su hermano) provocó que saliera una infección encima del paleto. Esta infección se trató de varias formas, la primera con antibiótico tanto en la versión tópica como la tomada y al ver que no se quitaba el flemón se hizo una pulpoctomía, a mediados de diciembre, y parece que la cosa funcionaba. 

Pasado casi un mes todo iba bastante bien, cada dos días le mirábamos la encía para ver si el flemón estaba o no, y en principio no se veía mal (aunque ahora sé que bien del todo tampoco estaba), la niña no se quejaba pero le molestaba y no quería comer por ese lado. Un día me dio una corazonada, levanté el labio y vi otra vez el flemón y la infección. 

Volvimos a pasar por el dentista, nuevo drenaje, limpieza, ciclo de antibiótico... pero pasados veinte días eso seguía igual, Había llegado el momento que todos temíamos, teníamos que quitar el diente.

La primera vez que la odontopediatra me habló de esta posibilidad me derrumbé, recuerdo que ella con mucha dulzura me explicó que no pasaba absolutamente nada, que "era una cosa puramente estética" y que la niña iba a seguir siendo "tan lista, divertida, feliz y guapa como hasta ahora"... ahora lo veo con perspectiva y sé que tenía más razón que un santo pero ese día lloré muchísimo porque no quería ver a mi niña mellada.

No ha sido un trago fácil, mentiría si dijese lo contrario, el día de la extracción fue horrible, Irene ya estaba harta de ir al dentista y no quería ni subirse a la camilla, además le dolía, tenía infección... el proceso fue muy duro, lloró, pataleo, chilló, suplicó... y al final tuve que tumbarme yo con ella y sujetarla mientras se lo quitaban. Fue duro, muy duro, pero se acabó.

Ella llegó a casa feliz, aun habiendo pasado por un mal rato, porque esa noche iba a venir el Ratón Pérez. Le preparamos su puerta y esperamos. A la mañana siguiente estaba genial, contenta, feliz, súper guapa y con unas ganas locas de ver lo que le había dejado el ratón... yo tenía miedo de verla rara pero como estaba tan contenta y llena de ilusión la verdad es que los miedos se fueron por la puerta.


Ahora sí que veo a mi niña bien del todo, sin dolor en ese lado de la boca, con una encía sana, comiendo sin miedo... y lo mejor de todo es que sigue siendo ella, inteligente, divertida, feliz, guapa y con una cara de traviesa que está para comérsela.

Dentro de unos años saldrá el diente definitivo y todo esto será tan solo una anécdota mientras en casa somos felices, que no es poco.

viernes, 19 de abril de 2013

Mi vida sin hijos


Tengo varios amigos y conocidos que no tienen hijos. Algunos simplemente porque no han querido y otros porque no han podido (por circunstancias distintas de la vida).

Su forma de vida es muy diferente a los amigos/conocidos que si tenemos hijos. Entran/salen cuando quieren, viajan infinitamente muchísimo más que nosotros, sus preocupaciones son otras, están divinas, van al gimnasio, a la pelu, de compras...

Hace unos días pensé en cómo sería mi vida si no tuviera a Eric y sé que sería muy diferente, en casa desde que nació el enano, incluso cuando estando embarazada, cada decisión que tomábamos y que tomamos lo hacemos pensando en él.

El que yo no esté trabajando en este momento es básicamente porque los trabajos que me han ofrecido son incompatibles con tener un niño, de no estar él seguramente ya estaría trabajando, explotada, pero trabajando.

Una de las cosas que ha cambiado drásticamente desde que está Eric en casa son las cenas, antes cenábamos cualquier cosa, un poco de embutido, una ensaladita o un vaso de leche y a dormir. Ahora pensando en su salud, las cenas son más equilibradas, pescadito, verduritas... o pizza casera.
Las comidas es un tema en el que nos hemos tenido que poner las pilas, hoy en día cocino cosas que antes pensé que nunca haría, pero ser madre te agudiza el ingenio.

La decoración de la casa es otro punto a tener en cuenta, porque cuando estábamos solitos todo era muy "cuqui" pero luego tienes que incorporar a tu decoración los cientos de juguetes del peque.

Las salidas son escasas y muy espaciadas y el viajar (a parte de por el tema económico) también se ha reducido.

Con esto no quiero decir que cambiaría mi vida por la de mis amigos, creo que lo más bonito y lo más maravilloso de mi vida es mi hijo y no lo cambio ni por viajes, trabajo o más dinero.

Cuando por las mañanas estoy sola siento la casa vacía sin la risa del enano y sus conversaciones surrealistas.

Sé que mi vida "sin hijos" sería diferente, puede que no más fácil, tan sólo diferente pero ahora que sé lo que es el amor de un hijo, la felicidad tan inmensa que se vive con él no lo cambiaría por nada, a pesar de las malas noches, el no llegar a cien mil cosas, la responsabilidad, el trabajo... mi niño hace que mi vida sea la maravillosa.

Buen fin de semana

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