Todos los niños tendrían que experimentar alguna vez el
veranear en un pueblo, abrir la puerta de la calle y salir corriendo sin miedo
a que pasen los coches o venga alguien extraño.
La libertad de beber agua en la fuente, de mojarse en el pilón
y hacer carreras de barcos en las regueras del agua o en el lavadero.
Sentir que tienes un pueblo entero por explorar lleno de
secretos y diversión, subir al monte, perderte por los caminos y adentrarte
entre los sembrados de cebada, trigo o girasol.
Un pueblo donde después de cenar no te vas a dormir sino de
paseo a la plaza o a jugar a la peña y donde la hora del aperitivo se puede
alargar indefinidamente.
Un pueblo donde los sabores son auténticos, los huevos saben
a huevo, los tomates y los calabacines son de la huerta del abuelo, y al
panadero le conoces por su nombre.
Un pueblo donde puedes aprendes a cazar renacuajos, grillos o
luciérnagas por la noche, donde te despiertas con los cencerros de las ovejas o
el kirkiki de los gallos.
Un pueblo donde por la noche aprendes a observar los astros,
la osa mayor, la osa menor, la estrella polar y por supuesto las famosas
Lágrimas de San Lorenzo.
Un pueblo entero para reír, disfrutar y explorar.
Eric e Irene tienen mucha suerte, pueden disfrutar de dos
pueblos en verano y os aseguro que han sacado el máximo partido a amos. Eric
cada vez es más consciente de las ventajas que tiene un pueblo y lo aprovecha
al máximo y la peque ha disfrutado como una enana corriendo por las calles en
plena libertad.
Ojala que todos los veranos hagan el pueblo un poquito más suyo.







